Cuatro despiadadas dominatrixes, sus pies devastados por mugre negra, sudor pegajoso y polvo incrustado, rodean a su esclavo encapuchado. Sólo se le descubren su boca y sus ojos: puede ver perfectamente los ocho repugnantes pies acercándose, resplandeciendo con suciedad. Agarran su cabeza con ambas manos, los dedos apretados en la capucha y le meten sus sucios pies en la garganta. Sin parar de pisar, ocho pies tomando turnos sin un momento de respiro. Ve cada sucio dedo de los pies que viene, cada arco arqueado negro que se estrella sobre su lengua, cada sucio talón que se frota contra su paladar. Sostienen firmemente su cabeza y su cuello para empujar más y más profundo, hasta que no puedan más tomarlo. Escupen profusamente en sus propias plantas y entre sus dedos, largos y gruesos arroyos que fluyen en viscosos rivulets y se mezclan con la mugre para formar una sucia pasta. Sus ojos se ensanchan con pánico, giran su cabeza en todas direcciones, buscando una fuga inmediata y clavan sus pies, escuro, y escuro.